Operación Palace y sus polémicas

Operación Palace

Gustamos poco de dirigirnos a vosotros para hablar de televisión nacional más allá de comentarios concretos o visiones generales. No es tanto una decisión consciente sino una consecuencia de un hecho constatable: los productos que ofrece no nos llaman la atención. Pero si hay algo que si ha conseguido la Operación Palace orquestada por Jordi Évole ha sido llamar la atención, convirtiéndose en el fenómeno televisivo del pasado domingo a pesar de enfrentarse al estreno de Viajando con Chester de Risto Mejide.

Este último podría haber invitado a un ex-presidente para su primer programa de entrevistas distendidas, pero el primero prometía contar la verdad oculta sobre uno de los momentos más oscuros de la historia española. Aunque como diría Lionel Hutz, existe la verdad y la verdad. Nadie se podría resistir a un scoop televisivo traído de manos de uno de los profesionales televisivos con más prestigio y credibilidad sobre el 23-F.

Aunque el verdadero show lo montaron sus espectadores a través de sus reacciones. Sentémonos un momento y hablemos de esto.

Operación Palace Garci

Si a estas alturas hay alguien que no sepa de qué hablamos, en qué consistió exactamente el tinglado llamado Operación Palace que nos ofreció Jordi Évole, que no siga leyendo más allá de este párrafo y que lo vea. Y a ser posible que lo entienda, porque parece que uno de los principales problemas del documental ha estado en el lado receptor, ya que un amplio número de los televidentes no lo entendieron ni mientras lo estaban viendo ni tras haber completado su emisión. Partiendo de esto podemos comenzar.

Sí, era un falso documental. No exactamente un mockumentary como quisieron definirlo algunos especialmente en base a su tramo final, que si toma elementos de ese género llevado al extremo en The Office, sino un documental perfectamente estructurado que decide tener un toque de humor cuando descubre el pastel sobre la falsa historia que estaba contando. Pero lo que no es, en ningún caso, es novedoso.

Porque Jordi Évole gustó de experimentar con el formato de Salvados desde el momento en el que abandonó el humor para centrarse en la divulgación de temas de interés social – me niego a definirlo como periodismo, pero eso es tema para otro día -, pero cuando decidió sacar fuera de su programa este producto en concreto ya sabíamos que estábamos ante algo diferente. Por eso no es ni un timo ni una falta de respeto al espectador, sino un interludio cómico que invita a la reflexión.

Operación Palace Ónega

Se quiso jugar a experimentar con la audiencia tal y como Orson Welles lo hizo en su momento con una invasión extraterrestre o como nos quisieron hacer creer que Stanley Kubrick montó el aterrizaje en la Luna. Como podemos ver, ni es pionero ni es especialmente original. Por eso parece que la indignación general es casi ridícula, ya sea por parte de aquellos que cayeron en la trampa – e incluso se quisieron pasar de listos, como Beatriz Talegón – y terminan con un enfado con ellos mismos por haber sido tan crédulos o por parte de los que tienen tan poca capacidad para la autocrítica y el humor que consideran una burla y una manipulación al oficio de periodista.

Porque en esta nación aún tenemos esa concepción de que “hay temas que es mejor no tocar”, que no se puede jugar así con la audiencia. A lo que desde aquí diríamos que no solo se puede sino que se debe, ¿o acaso los mismos no alaban Black Mirror por hacer remover alguno de los lugares más oscuros de la conciencia humana? El problema es que cuando el protagonista de la historia es uno, por crédulo u ofendido, parece que no tiene tanta gracia. Si uno no sabe reírse de uno mismo, tiene un problema mayor del que debe.

Ahí está el quid de la cuestión, la pelota que lleva escrita la palabra culpa está en el tejado del espectador. No deben culpar a Évole de querer ofrecer un determinado formato, deben culparse a ellos mismos por desconocerlo o no saber identificarlo. Tampoco deben culparle de burlarse o jugar con la audiencia, deben hacer cierta introspección y ver si la confianza que depositan en los medios tradicionales es la adecuada. O lo que es lo mismo, que Jordi Évole para dar su producto más comentado volvió a ser El Follonero y muchos no supieron verlo.

Operación Palace Jordi Évole

Y ni siquiera era especialmente buena la trama hilada, pasados cinco minutos de Operación Palace la suspensión de la incredulidad – que en estos casos debe afianzarse férreamente en los espectadores – hacía aguas por todas partes y se convertía en un claro ejemplo del formato al que pertenecía. Que Jose Luis Garci ganase un Oscar a raíz de su intervención en una operación encubierta en su mismo inicio o que la CIA obligase a España a entrar en la OTAN para garantizar el apoyo del plan poco después eliminaban cualquier posibilidad de que fuera veraz lo contado. A partir de ahí debería haberse convertido en un agradable paseo para los aficionados a la ficción histórica.

Si alguno llegó al final sin pasar por ese punto, es posible que la sorpresa fuera magna, pero no debería haber montado en cólera ante esta adaptación a la española de Argo. Sin embargo el verdadero valor de este experimento reside en la capacidad de haber reunido a políticos de la época como Joaquín Leguina o Jorge Vestrynge, a periodistas de renombre como Fernando Ónega o Iñaki Gabilondo e integrarlos a todos en un relato consiguiendo que hasta sonasen convincentes. Eso si que tiene mérito, no solo convencerles para participar sino que actuasen con credibilidad es algo de lo que sus responsables deben sentirse orgullosos.

No defendemos el resultado final, a medio camino de lo que debería haber sido, pero el intento de ofrecer algo distinto a lo que estamos acostumbrados es muy noble. Porque arriesgar no es meter el clásico drama familiar en un cabaret y llamarlo Bienvenidos al Lolita. Es jugar con algo poco habitual en la parrilla española, que no inédito ya que ya lo vimos en un par de informativos falsos, y acabar teniendo un 23,9% de share y más de 5,2 millones de espectadores.

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