The Killing, la última de los inocentes

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El caso de The Killing es uno de los más paradigmáticos a la hora de hablar de aves fénix televisivos. Tardaron dos temporadas en adaptar lo que Forbrydelsen logró hacer en una, con una gran expectación mediática en su arranque pero una profunda decepción en la conclusión de su primera campaña – con un Nic Pizzolatto involucrado que luego se desmarcaría del recuerdo con True Detective – que llevó a una gran indiferencia de cara a la segunda. Que dio lugar a la primera cancelación del show, claro, tras una temporada con más sobras que claros – y no solo en el plano de la fotografía.

Pero AMC se vio escasa de contenido propio y decidió darle una nueva oportunidad a la serie, para una tercera temporada ya completamente desmarcada de su predecesora escandinava que mostró una imagen mucho más intimista y veraz de las capacidades de sus protagonistas. Que funcionó mucho mejor es vox populi, así como que su segunda cancelación por parte de la cadena fue mucho más injusta que la primera especialmente por el final en tensión que ofrecía la tercera campaña. Pero ahí estuvo Netflix para salvar el día otorgándole una reducida – gracias a Dios – cuarta temporada que sirviese como conclusión.

Y este verano la hemos tenido, lo que pasamos a comentar a continuación.

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Si hemos de definir de alguna forma las características de esta cuarta temporada de seis episodios de The Killing es como puramente dual, dos hemisferios del cerebro de la trama que rara vez han decidido tocarse y cada uno se ha dedicado a realizar sus funciones. Uno pensaría que de cara a una última campaña tan reducida la serie simplemente se dedicaría a resolver lo que tiene pendiente, más aún cuando quedó tanto en el aire, pero a mayores se ha optado por ofrecernos un caso de la temporada como estamos acostumbrados. Pero cada cosa en su momento.

Por una parte hemos cargado con las consecuencias directas del final de la anterior campaña, que parte de la decisión de retomar la acción instantes después de donde se dejó en aquel final de temporada del que nos temíamos que no veríamos su continuación. Linden y Holder pringados hasta el cuello con el asesinato de Skinner y a partir de ahí una sucesión de suspicacias, debates emocionales y enfrentamientos entre ambos que los pondrán aún más contra las cuerdas. Cada caso siempre se convierte en algo muy personal para Sarah Linden, pero el haberse tomado la justicia por su mano a la hora de acabar con el Flautista lo ha puesto aún peor.

Una vez más se podría pensar que esto tendría preponderancia o al menos partiría en igualdad de condiciones con respecto a la otra línea argumental, sin embargo nos hemos encontrado con que los fragmentos de esta historia se intercalaban más como interludios en la trama de investigación de la temporada, se iban desarrollando progresivamente en los personajes para dar alivio a la otra parte del show. De hecho llegado el momento es el personaje de Reddick el que termina por encarnar todo este asunto y está claro que sus apariciones son siempre secundarias, en minutos y en interés, con respecto a la trama de la escuela militar.

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Ya que ahí tenemos la otra mitad de la temporada y la que ha tenido cierta preponderancia para el desarrollo de esta. El caso del asesinato de la familia Stansbury se ha erigido como el mejor que hemos tenido en estas cuatro temporadas de The Killing. No sólo porque de inicio y hasta casi su tramo final fue el que mayor misterio real generó en torno a la masacre en la mansión a las afueras de Seattle, sino porque ha sido el más honesto con sus espectadores.

Uno de los principales errores de las dos primeras temporadas de la serie en las que se investigaba el asesinato de Rosie Larsen y que la tercera todavía arrastró en parte con el Flautista fue la constante necesidad de estar enviando pistas falsas al espectador con respecto a la identidad del asesino, llevándolo en cada capítulo de un sospechoso a otro sin cesar. En un principio tenía su gracia, pero tras la cuarta o quinta vuelta de tuerca seguida el truco pierde su efecto y lo único que quiere el espectador es algo de avance real en la investigación.

En esta campaña, a la que el formato de seis episodios ha ayudado mucho para evitar caer en el mismo error, simplemente se ha optado por no guiar en ninguna dirección al espectador. Como si fuese el adolescente huérfano que protagonizó la trama, mantenerlos en un estado de amnesia hasta llegar al clímax de la conclusión donde ya si se le vuelva toda la información. Tiene mucho más efecto de cara a un final y no ha ido en detrimento del desarrollo de la temporada. Todo ayudado de la interpretación de Joan Allen como la coronel de la academia y la dirección de Jonathan Demme para la potente series finale.

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Al final la respuesta fue mucho menos rebuscada que para los dos asesinos previos, pero porque en este caso importaba mucho más el cómo y el porqué que el quién. Y sobre todo en cómo afectaría esto al personaje de Mireille Enos, que llega a confesar todo lo que ha cometido si que esto tenga ningún efecto. Porque si bien la temporada se ha centrado en las familias acaudaladas, las academias militares y las extrañas dinámicas entre ambas, no se podía olvidar en última instancia el aspecto de la corrupción política que caracterizó los primeros compases de la serie. Traer de nuevo al alcalde que en su momento fue una esperanza para Seattle, ahora siendo uno más con las conductas de sus predecesores, ha sido un golpe de efecto interesante.

No era un happy ending hasta ese momento, sino más bien los personajes se habían quedado con sensaciones agridulces. Sin embargo los artífices de esta cuarta temporada en Netflix han querido que el personaje de Joel Kinnaman se rehabilite definitivamente como padre y líder de su comunidad – siempre lejos de la infecta Seattle PD, al igual que su compañera – y que años después Sarah Linden se de una oportunidad a si misma de ser feliz, algo que nunca ha sabido y solo con Daniel Holden se ha acercado a serlo.

Se ha terminado. Por fin, decimos algunos, pero eso no impide que hayamos disfrutado de este último tramo del camino.

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