The Blacklist no se guarda nada

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La descompresión narrativa es una moda a la hora de contar historias en distintos medios a día de hoy. Ya sea en sagas literarias que adoptan el formato de novela río, en cómics que desarrollan una única historia a lo largo de prolongados arcos o en películas que deciden dividirse en partes para multiplicar por dos o más los ingresos potenciales en taquilla. Pero la televisión siempre ha sido pionera en eso, especialmente las series de networks, ya que el tener que desarrollar su historia a través de numerosos episodios en múltiples temporadas siempre exige pausar más el ritmo para aprovechar mejor las cadencias que ofrece el medio.

Ahora bien, al igual que en todos esos medios antes citados, en algunos casos la lentitud con la que se desarrollan algunos shows puede llegar a ser exasperante. Las semillas plantadas a lo largo de sus primeros episodios tardan años en germinar y cuando por fin lo hacen el espectador ya ha perdido todo el interés en las tramas. De alguna forma temíamos que The Blacklist recorriese esa senda, que se guardase demasiadas cartas para un momento de la partida en el que a lo mejor ya no le quedasen fichas, pero este primer y corto tramo de la segunda temporada nos ha demostrado que en ningún caso es esa su intención.

Cómos y porqués, con potentes spoilers, a continuación.

The Blacklist

La primera temporada no fue especialmente lenta, pero era fácil apreciar que una estructura de trece episodios le beneficiaría de la misma forma en la que Hannibal se ve beneficiada por esta. Simplemente había casos estrictamente procedimentales que no aportaban nada, ni siquiera mero contexto con los personajes. Se tardó bastante en llegar de punto a punto en ciertas tramas y eso fue lo que hizo saltar alguna de nuestras alarmas con respecto al posible desarrollo de la serie. La season finale nos había dejado con el inicio de la gran batalla de Raymond Reddington contra Berlín y no sabíamos cuánto iba a tardar en avanzar.

Para nuestra sorpresa y alegría, ha sido realmente poco. En este primer tramo de temporada entre su season premiere y su temprana midseason finale, de solo ocho episodios, hemos vivido ese enfrentamiento entre los dos titanes, hemos aprendido sus causas y comenzamos a adivinar las consecuencias. Nada más se le puede pedir cuando además han hecho este trayecto muy disfrutable. Los personajes de James Spader y Peter Stormare habían logrado crear una gran química antagónica y el clímax producido por confirmar que el primero no era el responsable de la muerte de la hija del segundo ha sido satisfactorio.

Más que por el giro de guión, por la capacidad de la serie de adaptarse a la hora de cambiar las posiciones de ambos, que pasan de enemigos a aliados y de nuevo a enemigos en cuestión de minutos. Pensado así puede parecer fácil, pero que eso quede orgánico en pantalla y que al espectador no le choque demasiado requiere hilar fino. Más aún colocar como responsable del engaño a Alan Fitch, el personaje de Alan Alda que hasta el momento era el único que podía contarse como presunto aliado de Reddington en las altas esferas, especialmente viendo cómo todo este asunto estallaba por un antiguo plan fallido de contener la amenaza del bueno de Red para su organización.

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¿El resultado de todo este embrollo? Pues la muerte de Fitch a manos de Berlín y la de este a manos de Reddington. Teniendo en cuenta que ahora los aliados del primero irán a por este último, todo se queda en un bonito triángulo de los que eran hasta el momento los tres jugadores en la sombra clave de la serie. Todos esos cartuchos quemados en ocho episodios, lo que quiere decir que la serie debe tener grandes reservas de munición para los catorce restantes, porque en un episodio han borrado del mapa a dos de los pesos pesados del show hasta el momento.

A quien no se han quitado de en medio a es a Tom Keen, el cual no ha perecido a manos de Elizabeth Keen por la incapacidad de esta para acabar con él al todavía amarlo en parte. Es comprensible y así se lo hace ver Reddington al personaje de Megan Boone. Lo que en este aspecto se convierte en la gran revelación de la temporada es el hecho de que el falso marido estuvo de alguna manera trabajando también todo el tiempo para el propio Raymond Reddington. Esta confidencia a última hora nos ha pillado a contrapié y, si bien todo lo demás encaja en nuestros esquemas, esto no sabemos muy bien cómo tomarlo.

Es una pena que se termine aquí esta mitad de temporada que en realidad es poco más de un tercio para ser sustituida por la que creemos que será el sucedáneo State of Affairs. Vamos, que nunca cambiaríamos a Spader o Boone por la antipática Katherine Heigl. Y lo peor de todo es que hasta dentro de tres meses no volveremos a ver otro episodio de The Blacklist, que ya se despide definitivamente de la franja de los lunes en NBC. El ser la serie fuerte de la cadena da pie a este tipo de experimentos, aunque se corre el riesgo de que el gran impulso que ha generado en la audiencia este episodio se pueda ir diluyendo.

Salvo que el retorno de la segunda temporada sea tan poderoso como el último episodio, entonces seguirá on fire.

The Blacklist - Season 2

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