Bloodline, una familia de Florida

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I’m gonna tell you everything. It’s not very pleasant. But it’s the truth.

We’re not bad people, but we did a bad thing.

Tras el final de Friday Night Lights a Kyle Chandler, que había logrado un Emmy sabe Dios cómo, le surgieron varios proyectos. La mayor parte de ellos en el cine, teniendo papeles secundarios en películas como Argo, Zero Dark Thirty o The Wolf of Wall Street e incluso uno con más protagonismo en Super 8. Podría decirse que su carrera estaba en la trayectoria adecuada, aunque no es que dentro de esta nueva etapa para el actor hubiese demasiada variedad. Agente del gobierno cabreado, en sustitución de padre de familia y entrenador de fútbol americano cabreado, aunque con muchos menos minutos.

Por eso la idea era volver a la televisión para tener otro proyecto que le devolviera el protagonismo que al menos tenía en la serie que le lanzó a la fama. The Vatican para FX era uno de esos grandes proyectos que interesaban tanto a la cadena como a los espectadores, pero por razones que desconocemos el drama centrado en la capital religiosa protagonizado por Kyle Chandler nunca llegó a convertirse en serie. Aún así poco tardó el actor en encontrar otro proyecto de interés, que le volviese a poner en el primer plano de la actualidad televisiva. La clave era esta desconocida Bloodline de Netflix.

Tras el salto comentamos, con bastante ligeros spoilers de la primera temporada, qué tal le ha salido la jugada.

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Si pensábamos que Bloodline iba a ser el vehículo de lucimiento de Kyle Chandler, nos equivocábamos. Si bien su papel tiene el protagonismo por el que firmó su contrato, este se traduce solo en minutos en pantalla y no tanto en importancia real en la trama. Bloodline no es la historia de las decisiones difíciles del detective John Rayburn, sino la historia de la tragedia personal de su hermano Danny Rayburn. Junto con las distintas tramas del resto de hermanos se compone la serie, pero si hay un actor al que verdaderamente podemos considerar protagonista y estrella del show es a Ben Mendelsohn.

No conocíamos a este intérprete y por ello damos gracias a la serie por descubrírnoslo. Estamos un hablando de un actor de los buenos, de los de oficio. De los que consigue interiorizar tanto un personaje que se difumina la línea de dónde termina este y dónde empieza el actor. De los que no necesita histrionismos, de los que con sobriedad logra crear uno de los personajes más realistas de la televisión. De los que logra que empaticemos con un criminal que abusa del alcohol y consume drogas por lo bien que nos muestra su tragedia personal.

Es muy probable que el trío Glenn Kessler, Daniel Zelman y Todd A. Kessler tenga mucho que ver en la construcción de personaje, pero es imposible no salir de Bloodline sin la sensación de haber descubierto un tesoro por el camino llamado Ben Mendelsohn. Un actor al que seguiremos muy de cerca a partir de ahora. Un actor que sumar a la lista de esos que hay que reivindicar siempre como Gary Oldman o el fallecido Phillip Seymour Hoffman. Debe ser frustrante para un Kyle Chandler que esperaba su momento el ser totalmente eclipsado por alguien del que no se esperaba ni la mitad.

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Los que si salen reforzados de esta son  los Kessler y Zelman que citábamos. Damages fue su gran acierto, su gran obra, pero nunca fue perfecta. Tras una primera temporada de infarto la serie de Rose Byrne y Glenn Close entró en una ondulación constante de temporadas vibrantes con otras bastante más flojas. Sin embargo siempre estará como ejemplo de serie capaz de poner al espectador al borde de su asiento, de cómo hacer un thriller en televisión. Al ser incapaces de estar a la altura de su propio legado dentro de aquella serie, había dudas de si Bloodline podría ser de la índole de aquella temporada de Damages. Pero sí que lo es.

Durante los primeros cuatro o cinco episodios se dedican a construir la imagen de la familia de Florida exitosa e influyente, que ha pasado por malos momentos pero que ha sabido sobreponerse. Y a continuación llega el momento de derrumbar el mito, de cómo el egoísmo y la ceguera emocional les convirtieron a ellos en causantes de la caída en desgracia de la oveja negra de la familia. Todo ello sin perder el estilo de sus creadores, con los flashforwards que guían al espectador por caminos incorrectos y las distintas alucinaciones de las tragedias de cada personaje. Hay mucho de Damages en Bloodline, pero es otro producto muy distinto.

Como si una novela clásica americana se tratase, esta versa sobre la destrucción del sueño de construir una vida y una familia por los errores del pasado y del presente. Quizá si la serie hubiese terminado con esta única temporada estaríamos más contentos con el resultado final, ya que cierra una etapa y abre otra que no consideramos del todo necesaria, pero no por ello la serie deja de ser más redonda. Es lenta y reflexiva, si, pero es más honesta que The Affair con la que es inevitable entrar en comparaciones. Y también tiene a un Ben Mendelsohn al que nadie se debería perder. E incluso a Chlöe Sevigny, que siempre gusta.

Si este año alguien no encontró en House of Cards el drama premiable del año, lo hará aquí.

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