The Leftovers, quemando los prejuicios

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Huiremos de tópicos a la hora de hablar de The Leftovers porque no es una serie que se pueda definir con tales. Simplemente diremos que es la serie que Damon Lindelof siempre quiso hacer. Ni supo entender a los espectadores ni supo hacer que los espectadores le entendiesen a él con Lost. Hizo trampa y de una de las peores maneras posibles, cambiando las reglas del juego cuando este está a punto de terminar. Eso no le sirvió ni para empatar, por supuesto, pero al menos si que le llevaría a plantearse de forma honesta lo que de verdad quería en una serie.

Quería no sólo una serie sobre personajes, sino una sobre las personas. Concretamente una sobre las emociones más básicas de estas como el amor, la furia, la tristeza, la soledad, la desesperación o el miedo. Y no sólo quería que los personajes reflejasen con la mayor verosimilitud posible esas emociones, querían que a su vez estas se viesen reflejadas en los espectadores. Básicamente la serie coloca toda su apuesta en bloque en la conexión con el espectador, algo muy arriesgado especialmente por lo desconcertante de su tramo inicial, pero que a poco que el espectador siga se convierte en la base del show.

A continuación os comentamos qué ha despertando en nosotros la season finale.

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Al final de temporada llegábamos tras uno de esos episodios especiales, un noveno episodio que junto al sexto y al tercero cerraba una especie de trilogía interna dentro de la temporada de diez episodios en los que cada uno en cuya numeración llevase un múltiplo de tres cortaba la narración para centrarse en un personaje en concreto o remontarse a momentos anteriores al incidente que abre la trama de la serie. He de decir que la primera vez que nos encontramos con uno de estos episodios nos desconcertó más que otra cosa y no supimos apreciarlo en su totalidad, pero con la distancia y especialmente la visión de conjunto solo hace que mejore en la memoria.

E incluso antes de ese episodio que nos mostró la tragedia de la familia Garvey ya se nos había ofrecido un solvente octavo episodio en el que al personaje de Justin Theroux su propia mente le ponía contra las cuerdas. Un episodio que ofrecía interesantes respuestas a por qué los Fumadores actúan como lo hacen y cuales eran sus intenciones, que auguraba un final de temporada de infarto. Quizá no hemos llegado a tanto, especialmente porque esa escena final nos ha dado un gran alivio enternecedor que ha evitado el colapso, pero si que a lo largo del capítulo hemos estado con el corazón en un puño. Nos temíamos lo peor y en algunos aspectos ha sucedido y en otros no.

No se han dado demasiadas concesiones al espectador, con un jefe Garvey y un reverendo Jamison que a pesar de ser pilares de su comunidad a nivel policial y religioso que han tenido que saltarse toda norma moral y enterrar a una suicida Patti que prometía hundir al primero. Tras un ritual de entierro casi catárquico o purificador para todos, se nos daba el siguiente mazazo al comprobar que la ATF había arrinconado y malherido a Holy Wayne, que terminaba por cuestionarse a si mismo si era un fraude. Una especie de preludio descorazonador de lo que íbamos a tener a continuación, con un plan de los Guilty Remnant a punto de alcanzar temperatura de ebullición.

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Si con el inicio del episodio habíamos visto cómo el hijo pródigo Tom Garvey, que de alguna forma da título al episodio, se veía forzado a cargar con las consecuencias del hecho de que Wayne no fuese tan sagrado como decía ser; en el tramo medio del capítulo comprobamos cómo los Fumadores dan forma a la jugada final de su plan. Ya habíamos comprobado que de alguna forma se consideraban mártires y que estaban decididos a sufrir o morir por el mero hecho de recordar al resto de habitantes de Mapleton a quienes han perdido. Su intención era sacar lo peor de cada uno de los habitantes del pueblo a través del dolor y del sufrimiento retrotraído a tres años atrás.

En ese genial sexto episodio se nos presentaban los muñecos sustitutos de aquellos que habían desaparecido, algo que utilizan los Fumadores para – una vez vestidos con sus ropas y colocados en la posición exacta en la que estaban en el momento del Arrebatamiento – desatar el dolor y la histeria colectiva con ellos como foco de las iras de todo un pueblo. Así estos habitantes de Mapleton hacen arder las casas de la secta, queman los muñecos y apalizan o matan a todo aquel que vista el blanco, algo que afecta en mayor medida a los Garvey ya que tanto la madre como la hija se hallan ahora en su seno. Será misión ahora de Kevin, el padre del disgregado clan, el que tenga que ir a rescatar a ambas.

¿Todo esto para qué? Pensarán algunos. Lo cierto es que es una buena pregunta, pero como muchos sentimientos humanos algunas cosas están fuera de la racionalidad. Para los propios Garvey el fuego sirve como una experiencia catárquica o purificadora, que vuelve a reunir a un padre y una hija que habían llegado a un punto de no retorno en cuanto a la distancia emocional que los separaba. Para la madre de alguna forma ha dado sentido a su vida, el haber hecho recordar a todo el pueblo, y ahora tiene la oportunidad de ser libre consigo misma. Para el perro callejero en concreto le ha dado cierta docilidad y le ha permitido encontrar un hogar, que también tiene su cuota de importancia.

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Para Nora Durst, el personaje de la actriz revelación Carrie Coon, supuso el tocar fondo y tener que desistir de sus planes de reanudar su vida olvidando a su antigua familia. Simplemente por mucho que lo intentara, le era imposible alcanzar un mínimo de felicidad. Aunque, y aquí es donde entra esa especie de happy ending que nos han otorgado casi sin esperarlo, su encuentro con el bebé de Holy Wayne que el hijo Thomas aparentemente deja en la puerta de su padre cuando esta va a entregar su carta de despedida cambia la situación por completo. Puede que si exista cierta posibilidad de esperanza para Nora, o al menos de que haya algo que la haga sonreír durante un momento.

Y así nos quedamos, con un pueblo que se estaba regenerando ahora tocado o mejor dicho herido de muerte – algo que ejemplifica la propia alcaldesa desorientada dándole la razón al jefe de policía – y una familia Garvey que estaba hundida comenzando a salir a flote. Y sin embargo todavía nos queda la duda de en qué estado está la psique de Kevin Garvey, o de qué supondrá todo esto de cara a una próxima temporada. Porque convertirse en la serie del verano no es algo fácil, pero más difícil aún es saber ofrecer, con un producto tan personal y que apela tanto a las emociones del espectador, una continuación que pueda aumentar lo ya visto. Porque en verdad que ya no nos preocupa cómo empezó todo, sino que queremos saber cómo va a continuar.

Lo que hará que Lindelof respire aliviado, suponemos.

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